sábado, 10 de mayo de 2008

VICTORIANO HUERTA


José Victoriano Huerta Márquez
(Presidente de México entre 1913 y 1914)

José Victoriano Huerta Márquez, así llamado uno de los presidentes de México que más antecedentes insólitos ha dejado de 1913 a 1914; nacido en Colotlán, Jalisco un 23 de diciembre de 1850 y fallecido por enfermedad en un reclusorio ubicado en El Paso, Texas; el 13 de enero de 1916. Hijo de indígenas huicholes: Jesús Huerta y Refugio Márquez, y unido en matrimonio con Emilia Águila con quien tendría once hijos.
En su trayectoria Huerta se ofreció como voluntario y como premio a sus servicios se le permitió estudiar en el Colegio Militar, donde obtuvo notas sobresalientes. Al graduarse fue comisionado al Cuerpo de Ingenieros y se desempeñó en labores topográficas en la región de Puebla y el Estado de Veracruz.
En el año de 1890 Victoriano había alcanzado el grado de coronel y siete años más tarde comenzaría en el combate a las rebeliones indígenas que se generaban por todo el país. En diciembre de 1900 combatió a los yaquis en Sonora y en 1902 a los mayas en Yucatán y Quintana Roo. Durante su estancia en el sureste desarrolló cataratas, una enfermedad que lo hostigaría la mayor parte de su vida.
Tras concluir su campaña en la Península de Yucatán Huerta recibió el grado de general brigadier, la Medalla al Mérito Militar y fue nombrado miembro de la Suprema Corte Militar de la Nación gracias a los esfuerzos de su amigo el general Bernardo Reyes, Ex Gobernador de Nuevo León y Secretario de Guerra y Marina. En 1907 pidió permiso por razones de salud y visitó a Reyes en Monterrey, ciudad donde trabajó como jefe de Obras Públicas dos años y medio aplicando sus conocimientos de ingeniería civil en el trazado de las calles. Cuando Reyes fue enviado a Europa en 1909 Huerta decidió regresar a la Ciudad de México y comenzar a impartir clases de matemáticas. Tras estallar la revolución convocada por Francisco I. Madero, Huerta solicitó su reincorporación al ejército.
Huerta permaneció fiel al ejército durante el gobierno interino de Francisco León de la Barra pero participó en algunas acciones de provocación al ejército rebelde comandado por Emiliano Zapata, lo cual levantó sospechas de insubordinación y tan pronto Madero asumió la presidencia ordenó su dimisión de las fuerzas armadas. Sin embargo, tras la rebelión de Pascual Orozco, Madero reconsideró su decisión y lo puso al mando de las tropas del gobierno federal. Huerta tuvo un desempeño impresionante y se convirtió en un héroe nacional. Mientras perseguía a Orozco rumbo al norte tuvo un altercado con el comandante rebelde Francisco Villa, quien se negó a regresar unos caballos que sus hombres habían robado a las tropas de Huerta. Enfurecido, lo mandó arrestar y ordenó fusilarlo. Los hermanos del Presidente Madero intervinieron y Villa sólo estuvo preso algunos días en la Ciudad de México, lo cual encolerizó a Huerta. Al regresar a la capital ratificó su lealtad al presidente Madero y mientras se sometía a un tratamiento de cataratas Madero lo hizo renunciar.
En la rebelión de Félix Díaz, participaba un gran amigo de Huerta; el General Reyes, tras la muerte de Reyes, Victoriano ofreció sus servicios a Madero quien lo volvió a poner al mando del ejército. A los pocos días, Huerta se unió a los sublevados pero fue descubierto por el hermano de Madero, quien lo arrestó y lo acusó frente al presidente. Madero no creyó las versiones y lo puso en libertad, sólo para enterarse dos días después que Huerta lo había traicionado aliado con Aureliano Blanquet, jefe del 29o. Batallón y se autonombraba Jefe del Ejecutivo, obligándolo a renunciar.


La traición comenzó en la Madrugada del día 9 de febrero de 1913, se sublevaron en Tacubaya 300 hombres del Primer Regimiento de Caballería y 400 del Segundo, así como los alumnos de la Escuela Militar de Aspirantes, formando dos columnas al mando de los generales Manuel Mondragón, Gregorio Ruiz y Manuel Velásquez. El general Mondragón se dirigió a la prisión militar de Santiago, donde se encontraba preso el general Reyes, poniéndolo en libertad, después hizo lo mismo con el general Félix Díaz.
El general Lauro Villar era le Comandante Militar de la Plaza, y cuando tuvo conocimiento de lo que sucedía, penetró a Palacio e imponiéndose con todo calor a los sublevados, logró someterlos, enseguida entraron las fuerzas del gobierno y en ese instante también apareció Gregorio Ruiz, quien de inmediato por órdenes de Villar fue intimidado y fusilado en ese mismo instante, por causa de la revuelta, Villar resultó gravemente herido.
Entre tanto, el Presidente Madero, montado a caballo y escoltado, salió rumbo al Palacio y en ese momento el general Huerta aprovechó tan brillante oportunidad para ponerse a las órdenes del Presidente y obtener su nombramiento como Jefe de la Comandancia Militar en lugar del general Villar, a lo que Madero al ver las heridas de éste, sin más que decir accede a la petición, sin duda Huerta tenía ya su plan de traición y hacía todo lo posible para evitar el triunfo del gobierno ante la tropas federales.

En vista de aquellos acontecimientos. El embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, se dirigió al gobierno de Madero manifestando que la situación en México era sumamente grave que los 25 mil residentes extranjeros carecían de garantías y protección, y que por interés de la humanidad y en desempeño de sus obligaciones políticas, el gobierno de E. U. debía darle instrucciones de carácter firme, drástico y tal vez amenazante.

La conducta arbitraria del señor Wilson siguió en forma cada vez más pérfida. El general Huerta sabía que contaba con la aprobación del embajador. El día 18 de febrero Washington recibe la noticia de que el señor Madero había sido prisionero de Huerta.
Las consecuencias planeadas de aquellos acontecimientos, en los cuales se encontraba realmente envuelto el embajador Wilson, fueron las renuncias del señor Francisco I. Madero y don José Pino Suárez, que la Cámara de Diputados aceptó en la sesión del día 19 de febrero por mayoría.



Después de los hechos relatados, se celebró una serie de reuniones en la sede de la embajada, a las que asistieron Félix Díaz y Victoriano Huerta junto con otros malos mexicanos traidores del señor Madero, de las cuales la más importante fue la tenida el 18 de febrero, en la que se ha llamado el Pacto de la Embajada, que textualmente dice así:
“ En la ciudad de México, a las nueve y media de la noche del día dieciocho de febrero de mil novecientos trece, reunidos los señores Félix Díaz y Victoriano Huerta, asistidos, el primero por los licenciados Fidencio Hernández y Rodolfo Reyes, y el segundo por los señores teniente coronel Joaquín Mass e ingeniero Enrique Cepeda, expuso el señor general Huerta, que en virtud de ser insostenible la situación por parte del gobierno del señor Madero, para evitar más derramamiento de sangre y por sentimiento de fraternidad nacional, ha hecho prisionero a dicho señor, a su gabinete y a algunas otras personas; que desea expresar al señor general Díaz sus buenos deseos para que los elementos por él representados fraternicen y todos para que los elementos por él representados por él fraternicen y todos salven la angustiosa situación actual. El señor general Díaz expresó que su movimiento no ha tenido más objeto que lograr el bien nacional y que, su movimiento no ha tenido más objeto que lograr el bien nacional y que, en tal virtud, está dispuesto a cualquier sacrificio que redunde en beneficio de la patria”.

En el gobierno de Huerta, que más bien fue una dictadura reaparecieron algunas de las principales características del porfiriato con mayor intensidad.
Paul von Hintze, un representante alemán en México, describe: “ El gobierno exhibe una corruptibilidad y depravación que excede todo lo anteriormente conocido. Todos parecen querer robar tan de prisa como pueda, porque saben que no dispone de mucho tiempo. Por ejemplo, un contrato que se me presentó para un embarque de cañones de tiro rápido sumaba un precio total de aproximadamente diez millones de marcos, de los cuales siete punto cinco millones eran para sobornos y dos punto cinco representaban el valor de los cañones. (Uno de los peores es el capitán Huerta, hijo mayor del presidente.) Desgraciadamente el ejército no estaba exento de esta corrupción”.

Sin embargo la personalidad de Huerta tenía un sentido diferente al de Porfirio Día porque era un déspota oriental, llamaba a sus ministros por “cerdos a quienes mejor quisiera escupir” y los trataba como tales y acostumbraba las citas con sus ministros en cantinas y restaurantes, una forma de justificar la seguridad que esto le proporcionaba contra los atentados ya que nadie sabía con certeza en dónde se encontraba.
Es sorprendente mencionar que bajo ese Huerta de borrachera, además de incompetente se hallaba un político astuto y hábil para su propio beneficio, una de las mayores pruebas de esto es que se pudo mantener activo durante al menos siete meses en el poder bajo las presiones de Estados Unidos y el pueblo mexicano y aún más, salir vivo de México.

Entre las aboliciones que realizó Huerta durante su mandato fueron las libertades, algunas de inmediato y otras gradualmente, los revolucionarios considerados como “radicales” fueron asesinados o se les obligó a huir. Al principio toleró sindicatos e incluso permitió algunas huelgas, pero al poco tiempo hizo detener a algunos de sus dirigentes y prohibió las asambleas sindicales.

Hintze también destaca: “Éste terrorismo no es el de un autócrata ilustrado, sino que por momentos toma la forma de una ira sin sentido”. Y en otro pasaje escribió: “Los fantasmas de quienes son ejecutados cada noche asedian a Huerta (…), los métodos del gobierno corresponden aproximadamente a los que era usuales en Venecia en la alta Edad Media, y podrían ser considerados por nosotros con indiferencia si no fuera porque ocasionalmente se orienta también contra los extranjeros”.

Bibliografía: KATZ, Friedrich
La guerra secreta en México
Tomo 1, Europa, E.U. y la Revolución Mexicana
Ediciones Era, S.A. de C.V. México, D. F. última
Reimpresión, 1991. F1234 K3718


PORTES GIL, Emilio
Autobiografía de la Revolución Mexicana
Único tomo, Editado por el Instituto Mexicano de Cultura. D.F. 1964